El autismo y las vacunas: ¿mito o realidad?

Por: Iris Cardona-Meaux, MD

Uno de los grandes logros salubristas ha sido la prevención y  control de enfermedades mediante el uso de vacunas. Esta herramienta preventiva  ha permitido  erradicar la viruela del mundo, eliminar la poliomielitis del hemisferio occidental, controlar la circulación del sarampión común y avanzar hacia la eliminación del sarampión alemán  y el síndrome de rubéola congénita. Ningún avance médico ha logrado salvar tantas vidas. La seguridad de las vacunas es seriamente vigilada desde las diferentes etapas en la investigación clínica y por los diversos sistemas de vigilancia que se han implementado en aquellos países  con programas de vacunación rutinaria.

En la actualidad, se cuestiona severamente la seguridad de las vacunas por encima de los beneficios que estas aportan. En este escenario, durante los últimos años se ha pretendido asociar a algunas vacunas con el incremento de trastornos y  enfermedades graves y crónicas; entre estas, el autismo. La conexión entre vacunas y autismo tiene su origen en dos eventos que se dieron en el siglo pasado. Por una parte, se atribuyó a la  MMR el desarrollo de una enteropatía  que facilitaría la absorción de toxinas, cuyo efecto en el cerebro favorecería el desarrollo de autismo y por otra parte, la teoría que culpa al preservativo timerosal por este trastorno.

 

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¿Qué es el autismo?

El autismo fue inicialmente descrito en 1943 por Leo Kanner. Desde que se identifica como condición médica se han tratado de encontrar las causas que  producen esta condición que interfiere fundamentalmente con el desarrollo del lenguaje y la interacción social de aquellos afectados. Podemos señalar que como una condición médica de elevada prevalencia y de una gran trascendencia social, constantemente escuchamos que se habla sobre el tema  en todos los medios de comunicación, aún fuera de los ámbitos científicos. Somos testigos de cómo aparecen constantemente teorías respecto a la etiología de este trastorno, estando presente el tema en prácticamente todos los espacios de comunicación. Es en estas circunstancias, persiste en la mente de muchos la duda sobre la relación de las vacunas con el autismo.

 

Autismo y vacuna MMR

El punto de partida sobre la implicación de la vacuna MMR en el autismo, fueron los estudios de Wakefield en la enfermedad de Crohn. En 1993, dicho autor publicó un trabajo donde se comunicaba el hallazgo por microscopía electrónica de partículas similares a virus en células gigantes y endotelio de zonas de inflamación vascular de tejidos intestinales en pacientes con la enfermedad de Crohn. Posterior a estos eventos, en 1998, el mencionado autor logra notoriedad al publicar junto a otros, en la Revista Lancet, un nuevo artículo que provocó conmoción en el mundo científico y generó una gran polémica debido a que presentó la hipótesis de que las alteraciones intestinales provocaban los trastornos neurológicos. Algún tiempo después, los autores concluyeron que la inflamación intestinal juega un papel importante en el desarrollo de los cambios de conducta en algunos niños y sugirieron la posible relación entre la vacuna MMR y el autismo, mediado por un problema de malabsorción intestinal.

 

El mercurio en las vacunas

La búsqueda sobre la culpa de las vacunas en el desarrollo de autismo se movió entonces al timerosal, un preservativo utilizado en el pasado por la industria farmacéutica con el objetivo de prevenir contaminación. En 1999 surgieron dudas sobre la cantidad y seguridad de este preservativo en las vacunas pediátricas. La  preocupación surgió de la consideración de que los niños que recibían las vacunas pediátricas podían estar siendo expuestos a cantidades de mercurio que excedían los límites establecidos por la Agencia de Protección Ambiental (EPA). En aplicación del principio de precaución, la Administración de Drogas y Alimentos (FDA) comunicó a los fabricantes de vacunas la necesidad de eliminar el contenido de timerosal en las vacunas y la Academia Americana de Pediatría (AAP) ratificó el comunicado de la FDA (12).  La decisión de retirar el timerosal de las vacunas, no surgió de ningún estudio científico, sino que fue sustentada por el principio cautelar.

Mercurio y autismo

La asociación del mercurio con el autismo fue propuesta en un artículo publicado en la revista Medical Hypotheses en el 2011, donde sus autores analizaron los síntomas del autismo y encontraron semejanza con los síntomas de intoxicación por mercurio. Sin embargo, diversos estudios publicados como el de Dinamarca,  donde se estudiaron más de 500.000 niños y en California en 2008, son cónsonos en rechazar la relación causal entre vacunas con timerosal y autismo. La Academia Nacional de Medicina (NAM) ha revisado toda la data disponible relacionada al timerosal y su ingrediente activo etil-mercurio y la hipótesis específica de que este preservativo en las vacunas puede causar autismo. También estudió la evidencia análoga de estudios en metil-mercurio. Sus conclusiones sostienen que la evidencia científica rechaza esta hipótesis sobre las vacunas y el autismo y que el Itinerario de Vacunación no debe ser alterado.  Desde el año 2001, ninguna vacuna nueva con licencia de la FDA para ser administrada en  niños ha contenido timerosal como preservativo,  con excepción de algunas preparaciones de la vacuna contra la influenza.

No existe evidencia científica de que las vacunas estén implicadas en la fisiopatología del autismo. Existe una gran cantidad de estudios científicos que consistentemente han mostrado que no hay conexión entre las vacunas, o cualquiera de sus ingredientes, y el autismo. Es imperativo que se recupere la confianza en esta poderosa herramienta de prevención, que sin lugar a dudas,  protege y ha salvado  a miles de niños en el mundo.

Referencias:

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